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Caracas, Miranda, Venezuela
Born in Caracas, Venezuela. Lives and works in Caracas. Bachelor of Arts at the University of the Arts, Unearte. She received a Master of Arts in Iuesapar, thesis in progress. Has received 14 awards including the 1st Prize, XI Bienal de San Juan del Grabado Latin America and Caribbean, Puerto Rico, 1995. Exxon Mobil 1st Prize, 2003, Caracas. Aica Prize 2010, Venezuelan chapter, Salon Michelena, Has participated in numerous exhibitions abroad and in Venezuela. Some of her solo exhibitions have been in Artepuy Gallery, Gallery 39, Gallery Mendoza Foundation, Minotaur Gallery, Caracas; Gomez Gallery, Baltimore; FIA, Caracas; Gallery Icon, today Art Gallery Blasini, Caracas. Currently teaching in the Graphic Department at the National University of Arts (Unearte), Caracas, Venezuela. Directs Taller Huella Graphic Workshop in Caracas and ArtePermanente. Taga member Consultative Council. Represented by Beatriz Gil Gallery, Caracas, Venezuela.

7 abr. 2016

Recientemente en marzo de 2016, su muestra individual 125 Flores refiere al tema sensible de la violencia en el país. Su diario transitar por la Caracas de rostro rudo –donde el terror tiene olor a muerte la perturbó durante un tiempo, pero su tenacidad la hizo enfrentar el reto de un proyecto que aunque desgastante emocionalmente, se convirtió́ en un corpus de trabajo sutil, estéticamente hermoso; callado pero determinado a la denuncia, a la protesta desde la poética de la mirada; un homenaje a quienes ya no están entre los vivos de esta urbe.
Un número determinado de victimas que habían
ingresado a la morgue de la ciudad durante un
tiempo en 2014, fueron la motivación de una
propuesta fotográfica/pictórica de impecable factura, donde el silencio pareciera un murmullo a gritos por parte de quienes ya no tienen voz. Y es que en cualquier lugar calle, esquina, plaza o unidad de transporte público, en las interminables líneas del tránsito, se
puede enfrentar la muerte de manera feroz. Las flores (cayenas, malabares, capachos, rosas, lirios), 125 hasta ahora, de un total de 390, están diseminadas en las fotografías de esta gran ciudad de habitantes atemorizados.
Corina Briceño es una venezolana que siente amor infinito por su país, un respeto por su flora y fauna, selvas, ríos y tepuyes; sus habitantes, costumbres y tradiciones. Una mujer positiva y motivada por lo cotidiano, aun cuando en un momento determinado, ello le produzca profundo dolor. Dolor convertido en poesía visual.
Lieska Husband Sosa
Imágenes:

Lieska Husband S.

7 mar. 2016

125 Flores
texto y entrevista por 
Sebastián de la Nuez


A Corina Briceño le ha tocado de cerca la violencia citadina, casi hasta hacerla sucumbir. Se repuso. Hoy ofrece, a quienes quieran visitar la galería Beatriz Gil, un grupo de 23 fotografías tomadas desde su automóvil mientras va de la casa al trabajo



Es un trayecto bastante largo, por cierto, y varias veces se ha detenido, por ejemplo, en el puente La Unión, entre la iglesia La Pagüita y el Calvario. Algo la ha conmovido o le llama la atención en ese pedazo de ciudad. Ella debe adentrarse usualmente por esos recovecos para asistir al compromiso que tiene con sus alumnos de Unearte.
Corina Briceño construye una serie de fotos intervenidas. Es su manera de hacer las paces con la ciudad o, al menos, saldar cuentas. Nadie con sensibilidad en las venas que haya visto el deterioro de los últimos años, y que tenga a mano las herramientas técnicas adecuadas, puede dejar pasar esta oportunidad de re-leer el dolor o hacer que trascienda el desasosiego en tonos grises. Las escenas de Corina se desdibujan y se van poblando de bellas apariciones en forma de pétalos o flores completas. En alguna parte de los cuadros que compone se encierra, o asoma, o quizás uno apenas adivina, la gota que renovará la energía de la ciudad.
Está allí, en esas composiciones que comienzan en la cabina de su carro mientras rueda, la posibilidad de volver a unir los espacios rotos o robados, trasegados, desvaídos por la lluvia, la violencia y la miseria. La lluvia parece ser el marco torrencial —o quizás apenas rocío tibio— que recuerda un gran crimen multiplicado por cuatrocientos.
Ella es todo un personaje con una trayectoria sólida bajo su mirada transparente, la mano cerca del móvil que muchas veces le sirve para capturar el momento preciso a partir del cual reunirá una tarde, una esquina, un monumento o un puente junto a la posibilidad entreabierta. Su CV dice que aprendió con Pedro Centeno Vallenilla, que estudió en la Escuela Cristóbal Rojas y en el CEGRA; y que luego quiso graduarse en el Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón. O sea, coloquialmente, la Armando Reverón.
La exposición en la sala de su amiga Beatriz Gil (cerca de la tienda Recordland de Las Mercedes) se llama 125 flores. Esas 125 flores, que pudieran ser los cuerpos imaginados en la morgue, están repartidas en 23 cuadros o imágenes construidas con fotografía, acuarela y acrílico. Deberá llegar a 390 flores, una marca que se le quedó grabada un día de octubre de 2014 cuando se decidió a hacer algo al respecto de aquello que la acogotaba: la cifra de 390 correspondía a las muertes en un mes, por causa violenta, en Caracas.
La curadora de esta exposición es Lorena González, quien habla en el folleto de presentación de acción poética e hilvanada por un tiempo doble: homenaje a las víctimas y reflejo de un tiempo detenido.
Es posible que tenga razón Lorena, pero también es posible que las víctimas no necesiten homenaje alguno sino justicia, desde el terreno de los hechos. Sucede que Corina parte de los hechos, pero vuela con ellos hacia otra dimensión para mirarlos desde otro tono, desde su singular reclamo.
Las víctimas en el trabajo de Corina son parte del silencio detenido.

Ese puente La Unión que ella fotografía es algo inasible que probablemente ella misma no es capaz de atrapar verbalmente. Es una pista vacía donde pudiera suceder cualquier crimen, en cualquier momento. Al mismo tiempo, no deja de ser una construcción marcada por el hombre para el bien del hombre. Se hace ciudad aun en ese pavimento interpelado, entre esas rejas altas, sobre ese parapeto de cemento plantado a la entrada, interrumpiendo el paso de vehículos. El puente La Unión es desolador y, al mismo tiempo, retratado por Corina Briceño, una esperanza.


Beatriz Gil y Corina Briceño


Corina Briceño


Con el curador Miguel Miguel





fotos tomadas por: Sebastián de la Nuez



17 feb. 2016

125 FLORES, EL CUERPO, Y UNA CIUDAD




Texto de la investigadora y curadora Lorena González

125 flores, el cuerpo y una ciudad
Una noticia en la prensa nacional hace varios años sobre un elevado número de muertes al cierre de un fin de semana, desataron el curso de una nueva investigación plástica para la artista Corina Briceño. En aquella oportunidad, ese número que alcanzaba alrededor de los 390 fallecidos y que ya se ha vuelto una marca de lo que recientemente ha colocado a nuestra Caracas en la catalogación de "la ciudad más violenta del mundo", hilvanó un nudo de nuevos procesos en el trabajo de esta creadora de amplia trayectoria. Los primeros pasos fueron extraños y duros: rostros, nombres, acontecimientos, tachaduras y sombras de aquellos desaparecidos que flotaban en el olvido cotidiano de la cifra. Luego vino el receso y la distancia obligatoria que requiere la impotencia y el dolor frente al volumen indescifrable del irrespeto a la vida.
El tiempo construyó otros recorridos. Llegó el silencio y con él los prolíficos vericuetos que reveló el propio cuerpo de la artista en sus recorridos habituales. La necesidad de relatar, de nombrar, de darle forma a aquella preocupación continuaba allí, buscando su espacio, labrando las aristas de un intervalo decisivo. Fue así como el tránsito diario que realizaba desde su casa ubicada en el sureste de la ciudad hasta el instituto donde dicta clases al oeste, comenzaron a brindar las claves de esa imperante traducción. Las imágenes fotográficas surgieron desde aquel movimiento mediante el cual atravesaba casi de punta a punta el extraño y querido territorio en guerra.
Allí se propagaron las esquinas, los símbolos, las ampliaciones, los monumentos y los abandonos junto a los vastos y minúsculos espacios sensibles de una capital en riesgo constante. A la textura pictórica de lo fotográfico las impresiones sobre tela demandaron una nueva presencia: las flores. Para Corina Briceño cada una de estas flores que posteriormente pinta sobre las melancolías de la taciturna imagen urbana, son de algún modo una exhalación, una deferencia, un recordatorio de la muerte y de la vida; reflexión y crítica ante las dolientes transformaciones de ese paisaje en ebullición. En este caso las piezas se distancian del ritmo vertiginoso mediante el cuál crecen los dígitos fatales de los caídos, para volverse una acción poética hilvanada en un tiempo doble: por un lado, el homenaje a todos aquellos que han perecido en las violentas falanges de una ciudad fracturada; en el fondo y a contrapunto, el reflejo de un silencio detenido que murmura desde la imagen, para no olvidar aquello que nunca debió suceder.

Lorena González Inneco




http://www.beatrizgilgaleria.com/obras-en-catalogo/corina-briceno-pintura-fotografia


http://www.eluniversal.com/arte-y-entretenimiento/160219/dos-visiones-de-una-urbe-herida

http://www.arterritory.net/#!corina-briceno/c1wru

http://www.am4pc.org/wp-content/uploads/2015/12/Bitacora-13-Corina-Briceño.pdf



4 dic. 2014


Exposición Transfiguraciones poéticas: del paisaje a la memoria, Sala William Werner, Centro de Artes Integradas, Caracas, noviembre 2014.
Texto de catálogo : Susana Benko, curadora

La naturaleza siempre ha estado presente en la obra de Corina Briceño. Es el motivo que ha signado su trabajo desde la década de los setenta a la actualidad. Desde entonces ha ido afinando sus maneras de acercarse a ella, siempre queriendo trabajar la imagen de manera ambigua y por tanto explorando diversos recursos para crear efectos cada vez más metafóricos y poéticos. 

Corina utiliza diversos medios expresivos: pintura, dibujo, grabado, instalación, fotografía y actualmente los nuevos medios digitales. Lo interesante es que cuando utiliza la tecnología lo hace sin desechar los medios tradicionales de las artes plásticas. Los integra y lo hace tan bien, tan finamente, que logra una de las cosas más difíciles de alcanzar en una imagen visual: condensar en una imagen pensamiento y poesía. Tal vez las dos formas de aproximación al conocimiento y a la sensorialidad.

Las obras que vemos para esta exposición parten de los efectos que provee la misma realidad que la circunda. Corina obtiene sus motivos del jardín, del paisaje, que observa desde el ventanal de su estudio. No sólo captura el reflejo y las sombras que proyectan los árboles sobre paredes o a través de la ventana sino que gracias a la superposición y distancia que hay entre dos vidrios de su ventanal, las figuras se ven dobles. La realidad provee las imágenes que a Corina le son afines: fugaces, sugeridas, sombras, para ser finalmente, evocaciones.
Toda experiencia se vuelve recuerdo. Es cuando la memoria intenta aprehenderlo pero sin embargo éste se desvanece. La obra de Corina es expresión de este proceso: la imagen se desvanece tal como sucede con la memoria. No es sólo el paso del tiempo, es la misma condición de cualquier hecho que deja de ser presente. “La memoria, dice Corina, puede traicionar un recuerdo o ese instante, ya no es lo mismo después de segundos. Es algo que no se puede atrapar como el devenir, es inasible como las gotas de agua. La memoria no es la misma para todos, cada uno la interpreta, la fragmenta, la deshace, la borra según las circunstancias vividas”. Muchas veces en medio de estas evanescencias aparece una palabra precisa. Posiblemente sea una manera de contrarrestar el olvido aunque todo se vuelva un espejismo. 



DE LA EXPERIENCIA DEL PAISAJE A LA TRANSFIGURACIÓN POÉTICA
Pinturas, collages, intervenciones fotográficas y la luz como elemento inspirador se integran en la propuesta plástica de cuatro representantes del paisajismo contemporáneo venezolano.

Noviembre, 2014. El Centro de Artes Integradas (CAI) inaugura este domingo 23 de noviembre, la exposición Transfiguraciones poéticas: del paisaje a la memoria. Bajo la curaduría de Susana Benko, la muestra presenta obras de Corina Briceño, Víctor Julio González, Juan González Bolívar e Isbecia Llavaneras que invitan a revivir la experiencia del paisaje, no como apuntes de la realidad, sino como producto de la evocación y la memoria.
Un denominador común reúne al cuarteto de artistas venezolanos: una estrecha relación con la naturaleza y visiones únicas que dialogan entre sí. “En todos está la experiencia del paisaje como formas, luces y sombras incidiendo sobre los objetos, como ámbito, como espacio, y también como paisaje interior”, comenta Benko.
http://avc.org.ve/newsite/?p=1226

Para Corina Briceño la naturaleza ha estado presente en su obra desde la década de los setenta a raíz de sus continuos viajes al Amazonas. Utiliza diversos medios expresivos: pintura, dibujo, grabado, instalación y fotografía, a los que ahora suma los nuevos medios digitales.
En esta muestra expositiva la artista obtiene sus motivos del jardín, del paisaje que observa desde el ventanal de su estudio, capturando el reflejo y las sombras que proyectan los árboles. Partiendo de esta realidad, transforma la imagen capturada y la desvanece por medio de veladuras, transparencias, transformaciones propias de sus intervenciones, quedando de aquella imagen la materialización de un recuerdo.

Fotografía 

Fotografía

Fotografía


La Ventana II, pintura, 2013